sábado, 10 de julio de 2021

 

MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO

 

 257,-Eduard Moga

ESTE LUGAR es blanco.
La luz, arenosa, se oscurece,
pero este lugar es blanco
como el silencio de los abedules.
Las manos buscan palabras en la sed
y hallan una extensión doliente,
la atalaya de los labios,
la caligrafía encanecida,
de la que cuelgan los ojos y la inocencia.
Las palabras se miran, aturdidas de blancura,
y se palpan la ropa
como si en algún lugar se escondieran los documentos
que acreditasen su identidad.
La labor es ardua, pero la tarde es clara.

Este olor a luz quemada, a palabras quemadas,
a sombra,
                  es el mío.
La ausencia embadurna la piel.
Los hombros soportan la helada,
aunque el mundo arda.
                                    Ya cesan las columnas,
en cuyas bocas penetra el dolor,
de cuyas bocas brota el dolor.
La soledad es blanca, como este desván
en el que escribo contra lo que dicta el cuerpo,
contra su dolorosa persecución de otros cuerpos,
contra mí.
                  Y lo negro me acomete, inerradicable
como las moscas, como el papel
o la memoria,
como tantas cosas insignificantes,
                                                      profuso como un ciempiés
que atravesara el reflejo de la luna en un charco.
Lo negro soy yo, enharinado de virutas carnívoras,
irritado por vaginas como escarpias,
magullado por relojes contrahechos,
que aguardan mi decisión con el júbilo sombrío
de los decapitados.
Me he diluido en el hambre de otra luz,
porque no podía gritar,
porque sonreía como si muriera.
                                                      Y he vuelto de la destrucción;
he vuelto bautizado de flemas y herido por la irreversibilidad,
pero he aguzado los sueños,
y ordenado mis papeles,
e insistido en el amor,
de naturaleza tan somera.
Ahí está el viento,
                           manchado de horas,
abrevando de la hemorragia que es el mundo,
vivaz como el gesto con el que saludo

a quienes me son indiferentes.
Y ahí estoy yo, indiferente también,
zarandeado por el lenguaje, construyendo casas
en las que nunca viviré,
casas que no son casas, sino formas de la huida,
embestidas cárdenas en la seda fracturada
de este día,
o de otro día,
                           o de otro yo.
Las palabras están aquí, recrudecidas
como árboles fusilados,
                                             hijas del espasmo y del ojo,
consecuencia de la ferocidad laxa con que nos resistimos a morir.
Y yo estoy en ellas, aferrado a su tránsito,
sin advertir otra cosa que lo permanente
de su fugacidad,
sin poseer otra cosa
que  las aristas de su nada.
                                             No sé lo que emerge,
salvo que esa ignorancia es la realidad.
Este lugar era blanco,
como las espinas de la luz.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario