MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO
36,- Eumila Sanz Vaca
EXTREMADURA, ESA TIERRA
I
Yo era una niña, solo era un aliento
asomado a los arcos de Castilla,
y aquel libro escolar -¡oh maravilla!,
aquella “historia del descubrimiento”
me ensañaba a quererte. ¡Como siento,
tierra extremeña, el zumo de tu arcilla
dentro del alma! Tuya es la sencilla
belleza que me invade el pensamiento.
Después te conocí y he trasladado
los sueños a mis pasos de viajera,
ya cubiertos de júbilo, ya amargos.
He querido abrazarte, me he extasiado
delante de tu abierta sementera
y son mis venas tus caminos largos…
II
En ti enterrara el corazón gozoso
para que vieras que en tu amor me quedo.
Soy tuya para siempre. Ya no puedo
apartar de mi mente el poderoso
latido de tus campos. Sé mi esposo,
trigal, sé la apertura de mi credo.
Fecunda mis entrañas con denuedo,
con tus ríos de empaque vigoroso.
Sed vosotros mi amparo, caballeros
extremeños de alcance ultramarino.
Quiero en Extremadura ser princesa.
Llevad también mi cruz, muros señeros,
cirineos anclados al destino,
torres en holocausto de sorpresa.
III
Ando buscando un alto, una colina,
para mirar completa tu estatura,
tierra absoluta, magna agrimensura
donde se hace la vida peregrina.
¡Cómo mi corazón se desatina
cuando advierte tu varia agricultura,
hoces y montes de distinta altura,
vistas que van del valle a la colina!
Largo es el viento, larga la esperanza
del extremeño que alza al campanario
sus ojos que son besos y son ecos.
Largo es tu entusiasmo de labranza,
de hidalguía, de trato hospitalario
que emerge de tus hondos recovecos.
IV
Siempre llego a tus puertas con las manos
extendidas, dispuestas al saludo
de la vid, de la huerta, del escudo
de casas solariegas, de majanos
como estrofas calizas, de altozanos
que parecen un púlpito desnudo,
del olivar, del sacrificio mudo
que enterró la extremeña en tus arcanos.
¡Repicad, campanarios!, mi alma toda
no desea perderse en tu silencio.
Toma mi vida ya, trigal amante.
Aunque te quiero tanto y se acomoda
todo a mis pasos, y te reverencio,
temo que tanto amor no sea bastante.
V
Rastrojos como barbas amarillas
del dios del extremeño, soñadora
campiña, soledad agricultora
que acecha cada noche de puntillas
el lecho donde sueñan a hurtadillas
doncellas de raigambre labradora.
Se anuncia un nuevo sol, surge la aurora
y en la tierra germinan las semillas.
Mnemotecnia del vino, de la cal,
de tinajas abiertas al vacío,
huchas para el sudor de los labriegos.
Polvo como blasfemia mineral
que a veces nos protege contra el frío
y otras, sin compasión, nos deja ciegos.
VI
Un viaje fue la causa de que un día
yo supiera tu nombre y te quisiera,
un viaje que inundó de primavera
mi corazón de niña. Valentía
rezumaban tus campos, fantasía
de esta tierra, dulce espera
de novia enamorada. ¡Quién supiera
cantarte en amorosa poesía!
¡Quién pudiera en tu seno pardo y menta
merar al horizonte y ver que asoma,
por un atajo, el hombre presentido!
¡Quién fuera castellana Cenicienta
y un príncipe extremeño. –luz y aroma-,
encontrara el zapato que he perdido!
VII
Amanece otra vez, los tomillares
impregnan de fragancia tu silueta.
Un cuervo anda jugando a la ruleta
sobre una encina solitaria. Mares
de espigas, crestas verdes como altares
oferentes descubren su alma inquieta
delante de mis ojos. Se completa
la cópula del sol y los pajares.
No puedo ser viajera. Lo que pasa
se va quedando dentro de mi pecho,
complementa mi sangre como un puente.
No puedo ser viajera en esta Casa
que me ensancha la fe como un barbecho
y fecunda mi amor intensamente.
VIII
Te quiero. No sé más. Que nadie siga
mi vuelo. Soy alondra misteriosa
que abandona los tallos de la rosa
para besar la caña de la espiga.
Te quiero. No sé más. Yo soy tu amiga,
la voz que con tu tierra se desposa,
el soplo de la brisa silenciosa
que separa el sarmiento de la ortiga.
Soy esa niña, sueño enamorado,
herida de tu canto olivarero,
la pasión de una lágrima labriega.
acerqué el corazón a tu costado
y estoy, Extremadura, en tu sendero,
dispuesta al holocausto de la entrega…
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