viernes, 26 de marzo de 2021

MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO

151,-Manuel Sánchez Chamorro

Los ríos

Y la piedra seca no da agua rumorosa.
                                                      T. S. Eliot.

Esta melancolía
tenuemente velada, como envuelta en niebla
de árboles ignotos, de pisadas oscuras,
de aleteos abstractos y de plantas
difuminadas por la noche,
te cerca y predispone
a una autoalabanza solitaria e inútil.

La tristeza es tu forma de recorrer los días
mejor, lucidamente, claramente. Mas dime:
si la vida son horas
inmensas en un río con peces de minutos,
de segundos fugaces, y sus aguas,
en cruel avenida,
te desbordan y vencen, ¿por qué amas
tan vano bracear contracorriente
y en él pones tu más calido esfuerzo?

Bien parco beneficio
de tal labor obtienes: solo el merito
de este luchar heroico, tolerado
por la razón huidiza
que dormita, virgen náyade inerte
en el lecho de un mar
olvidado por cierto, por olvido.

Afuera, tras los álamos,
tras la noche y la estrella, canta el río.
El otro, como rumor oculto de campánulas,
como lengua nocturna que te invoca y no cesa.
Eco de ti, espejo,
fluyente encantamiento que recorre
un sendero fugaz: tu mismo tiempo.

Allí el pez, con el junco.
La brillantez quebrada de la joven espuma,
abanico lunar, y las flotantes algas
posando entre nenúfares su placidez acerba.
Es agua y es más
lo que no ves ahora, lo que intuyes
más allá del rumor que en la noche te busca.

Qué belleza sin nombre
ni lugar ni recuerdo
había en esa orilla. Qué silencio poblado
de juventud y dulces cuerpos jóvenes
como soñados dioses. Qué dulzura
demorarse en sus aguas. Bastaría
un instante tan solo,
pues la vida se vive en un instante.

En la ventana estás, y comprendes, y piensas,
tú, mínimo cauce,
amarga soledad en su tristeza absorta,
letal melancolía,
la fluvial alegría de allá fuera que nace,
vive, muere en la onda con gozosa inconsciencia,
rozando mansamente la vida y esquivándola.

Aquí vives sonámbulo.
Preso en ti, en tu tristeza.
Gozando únicamente esta venganza
que no quieres y amas en silencio.
Que la vida te ofrece como un don absurdo,
falso oráculo, tibio dolor, renuncia
a este latido insomne de tu pecho.

El amante, como dios rendido,
pasea. Y nada turba
su solitario enlace con las nubes,
la esencia del tomillo y el milagro
del intimo sahumerio. Tras la tarde,
su sombra va, lentísima, besando
el campo abierto, la hierba diminuta,
los elevados cerros, silenciosa.

El amante en la tarde, en la caricia
del eucalipto joven y la adelfa,
avanza y se hace árbol,
álamo en paz, chopo tierno y erecto
hacia la luz huidiza. Configura
su azul el cielo con la grava estampa
que gris se ve a lo lejos: las ruinas
aguardando otra vez, sobre la hierba.

Callan, libres los pájaros. El día
con dulzura desliza su derrota
por el campo feraz. Es el silencio
un fantasma silvestre sobre encinas,
montes, álamos, blancos
caseríos solitarios. El amante
derrama su mirada
hacia la vida que ahora siente plena.

Pero aquí las ruinas. Claramente
ya muertas y desnudas,
ya perdieron el cerco de los siglos.
Roto cántico fúnebre
de antigua voz exhala, como enigma
de belleza callada o misterioso
aroma perdurable
de soledad en flor sobre la piedra.

Grises  piedras, columnas, yertos mármoles,
ojivas venerables como himnos
de santidad y gracia y olvidados.
Una espadaña sube
con orgullo hacia el cielo. El jaramago
invade inexorable los sepulcros,
el atrio, las paredes.
La yedra reina por los altos muros.

Piedra y amante. Temblor breve del paso
sobre el verde sopor adormecido
como un rezo sin fin o una radiante
entrega de la luz. La sombra habita
la morada y la rompe y nada queda
de su fuerza anterior: tan solo el frío
como animal amorfo en su letargo
de tiempo oculto, y el amante lo sabe.

Fuera la vida sigue
con su perfume agreste y su esperanza.
Fuera la tarde muere dulcemente
en la hierba minúscula
y en la estrella nocturna, y en la brisa
que canta su misterio tras los árboles.
Mas dentro no es la vida,
si no la negra sombra de la muerte.

Un mudo terror nace
en esta soledad. La podredumbre
se reclina en los nichos como un monstruo
lascivo y sonriente. Turbios ecos
amenazan la bóveda impasible.
Negras formas habitan hornacinas,
altares, yermas tumbas.
Tétrico hedor, miseria subterránea.

La calma enrarecida
del aire que, viciado,
ciñe el horror oculto en los rincones
lleva al amante aromas ominosos
de muerte y fetidez. Roncos sonidos
anuncian la carcoma y otras formas
residuales de vida
en profesión horrible e incesante.

El amante medita. Aquí hombres hubo
iguales a nosotros.
Aquí vivieron hombres entregados
al dios y a la verdad en que creyeron.
Y quizás el amor, rara presencia,
habitó alguna vez entre estos muros.
¿Pero el amor ha muerto con el hombre?
¿Nada será el amor, sino ruinas?

Es la humedad un lento
gotear sigiloso. Y el amante
se enfrenta al frío mortal que ya le envuelve
con actitud artera, sofocando
un súbito temblor, una respuesta
entrevista en espera
penumbra del recinto como oráculo
absurdo e infalible.

“Nada será el amor, sino ruinas.
Porque el amor ha muerto con el hombre
lo mismo que ese dios en que creyera.
Y solo el tiempo, el tiempo,
con su implacable sombra
alienta por las lúgubres esquinas
de la desolación. Puro presagio
de una verdad más honda y más temida”

Canta lejos un pájaro. La noche
se aparece en los campos triunfadora.
Amanece la luna tras los álamos
y brillan las ruinas
bajo el cielo feliz, inacabable.
El amante dirige su camino,
un hombre entre los hombres,
al amor y a la vida que aun esperan.

 

 

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