MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO
192,- Isabel Castaño
El límite
Cuando las escalerillas
empezaban a rebosar, el alguacil bajaba hasta el colector y daba la voz de
alarma: de nuevo un ángel taponaba el desagüe del límite.
Nunca decíamos mar. Preferíamos llamarlo así, limite, negándole el nombre, como
si con ese gesto tan primario quisiéramos castigarlo por tantos muertos a su
costa. Los llamábamos ángeles, y cada vez que el alguacil avisaba bajábamos a
ver al que habían devuelto las olas. Siempre aparecían con la cara vuelta hacia
la tierra, como si se avergonzaran de su intento baldío. Con cañas retirábamos las ovas embreadas de
su espalda y dejábamos al descubierto sus alas sucias y rotas. Después le
dábamos la vuelta y era ahí, en sus hermosos anegados, donde el maldito límite
nos mostraba, una y otra vez, el abismo y la turbiedad que nos separaba del
mundo.
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