MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO
333,-FERNÁNDO FERNÁNDEZ BERNÁLDEZ
Confesión
Te lo digo yo como si fuera
sencillamente un vaticinio mío
o como si fuera yo un pajarraco cualquiera planeador
un cóndor sumamente incomodo pongo por
ejemplo,
o acaso un quebrantahuesos de sofisticada languidez,
puede que me refiera a un simple albatros pero sin alma
en medio de un céfiro que me maldice a mí cuando resopla.
I
Y esto lo confieso entre el
requiebro y el requiebro de mi garganta
y con todo la estridencia de mi cuerda laríngea y en abril
a trece de un jueves o un viernes, ambos libres de chubasco,
si bien en el ámbito mío hay amargor y hay acritud y entre los dos
la sombra de una policromía crepuscular en el máximo del cénit.
No sean en balde estas lágrimas en mis
pupilas, válgame dios,
ni las escondidas en las arrugas del pañuelo este,
no sea en vano un delirio como el mío lleno de sutilezas
al que yo querría acusar de mi infortunio:
aunque si en cambio acuso una vez y otra vez
al interín al que estoy sometido un día y otro día
de igual manera que acuso a estos pedacitos míos de desperdicio
que me envuelven en introspección un tanto irascible
y cercenan mi melancolía y estas alas de un terciopelo subido.
II
Porque de improviso
-todo ello como un suspiro o como un
ligero soplo que ni viene a cuento-
un borbotón de desgarro que se me viene encima cuando sostengo la
respiración
y con un poquitín de desamparo de mi entrecejo y una pizca mi de desarraigo
hago trizas de todo lo absolutamente abomino y de todo lo que a mí me sobra
febril por triturar en migajas tantas imágenes carentes de algún perfil
así como de la hiel que a mí me hierve dentro y que a mí me predispone
-tantos minutos en esta cárcel del
sinsabor
sucumbiendo entre tus íntimos barrotes-
III
Pues confieso que solo tú, tú,
impaciente como sueles al desanimarme
-oh causas de mi desmemoria y de mi
atolondramiento-
eres la que se sube encima del tímpano mío e imperturbable
te acercas a mi etiqueta con sigilo
aunque posiblemente ni la mirada me sostienes por simple pudor:
“nunca, nunca ¿me oyes? Te librarás de mí”-
me repites una y otra vez
con esa tez de neurona machacona y con tu cara de cartulina
advertencia que si bien me matizas con cualquier próximo uso
de igual modo responde siempre a alguna pequeña superchería tuya.
-miedo me das en este momento, y pánico-
… de regreso a mi subconsciente aunque en indiscutible enemistad conmigo
el lacito este tuyo –un puzle casi
imperceptible apareces alrededor de mi cabeza-
con el que me sujetas el cabello o presumiblemente me lo moldeas
con el que dispones un malabarismo a tu antojo indescifrable
al que yo trato de ponerle orden –y no
por puro capricho-
a partir de piedrecitas mías en desecho o en deceso continuo…
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