martes, 14 de septiembre de 2021

 

MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO

323,-LEOPOLDO ESPINOLA GUZMÁN

El sastre de Alanís

A la memoria de Leopoldo Guzmán Álvarez.
Don Benito (Badajoz) 1885- Alanís (Sevilla) 1971

I

Aquel viento del setenta y uno,
como el albor de verbo y de camino,
cual luna nueva calla en la memoria
de quien no alcanzaba ni tres años.
Aquel su febrero último, a mi abuelo
viejo, en su cama
declinado lo imagino, exánime;
como el bajo río que se entrega
lento al mar.

Una fugaz sonrisa, contó Madre,
como un rayo de sol entre cipreses
arrancaron al mal mis niñerías:
las palabras sin maña,
los tumbos de alevín por el pasillo.

Las calles de la patria todavía
grises, la libertad
clandestina, tímida, en blanco y negro
prendía –me dijeron-
la llama que fundiría cadenas.
Lento sol ante el ocaso seguro
del yugo amanecía.

No se si el hielo enjambegó los campos
aquel amanecer en que la muerte
con su aliento de escarcha
taló el lábaro íntegro de mi casa.

II

Sucedió aquí, entre olivares lejanos
de sus extremeños pastos,
de un Don Benito del novecientos;
santas salmantinas, deán claretiano,
señoritos, haciendas, gañanías
de hoces, cuadras, jornales y
graneros para el heno y las enaguas;
lejanos de aquella viudez temprana
que colmó con fe la pobreza
de su casa: un delantal raído y enfermo
apenas limosna para diez bocas;
unas cuantas ajadas de rosario
suficiente razón para diez almas.

Sucedió aquí, en esta casa fría
al centro de Alanís:
balconadas con aire a aristocracia,
alta fachada blanca
en la que aun busco su sombra de sastre
y poeta recostada, silenciosa,
paciente, sumisa al sol de la honradez.

Aquí, en esta estancia iluminada
en las que enjuago mis dudas sobre él,
su inteligencia, su alma;
en la que escribo versos
inútiles, como el que arroja piedras
al lago y espera, solo, en la orilla
lumbre o milagro.

No atesoro cuerpo ni mirada en mi recuerdo,
ni en las manos tactos; solo sus cosas:
tijeras, misal, rosario, poemas…
Esas son su voz a mis preguntas.

Y partió de ingratitud sobrado
un soldado de trinchera del enfermo;
de soledad acompañado, en su huerto
al poniente: cántaro de ovillejos,
parra de liras, niños de teatro,
cruces de mayo, poemillas al piano,
alberca de silencio…

Y partió, pidiendo perdón a Dios
por ser buen hombre,
de rodillas fue hasta el mármol:
culpable de ser incomprendido,
culpable de ir contracorriente.

Y no lejos, desde el suelo, al llegar
al cementerio el pisar de los que andan,
al humillar su nombre los zapatos,
el desdén es la respuesta;
y debajo solo huesos, que son nada.





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