89,-Antonio Reseco
LIBRERÍA DE VIEJO
En los anaqueles
de la tienda de John Dunsdale
el color desabrido de lo inevitable
disfraza las manchas del tiempo.
Como en el osario de un cementerio,
el polvo protege el esplendor
que despreció la ignorancia.
No se olvida lo que no se supo.
Sin embargo, siempre hay visitantes
que acarician el lomo de algún libro
con la promiscua curiosidad del azar.
Imagino también al sabio Doel
hurgar en las estanterías del 84 de Charing Cross Road
para satisfacer los pedidos que Helen Hanff,
entre descarada y encantadora,
realizó durante lustros,
o utilizar sus contactos en la industria
para conseguir lo imposible
que era, por supuesto, lo necesario.
A través de los ventanales,
arrancados de cuajo al ladrillo victoriano,
puede verse un gorrión jugar con las guijas del suelo.
La luz se antoja insuficiente
para identificar el nombre de los aquí desterrados.
El bueno de John Dunsdale, capaz
de contagiar su vida a tanto desapego,
sabe en lo más profundo de su ser
que esconderse no es morir,
tan sólo envejecer.
Imagino, sí, a Frank Doel
responder con educación británica
la correspondencia de Helen Hanff
que, a más de cinco mil kilómetros,
amaba Londres con la pasión
que sólo los libros pueden inculcar.
No es precisa la clasificación,
el destino es un orden válido.
Cruje el esqueleto de la tarima
como un despertador que previene
a la tinta perezosa de las dedicatorias.
El ambiente, húmedo y añejo, contrapone
en su metáfora de principio y fin,
el aroma de la piel del niño
al olor premonitorio de la piel del anciano.
A través de los ventanales
el capricho del invierno inglés
vacía las sombras sin escrúpulos
e invita a comprender
que todos estos libros son más que huérfanos,
que todos estos libros
jamás fueron escritos por nadie.
Huérfanos quedaron también
en Marks & Co. Libreros
cuando se perforó el apéndice de Frank Doel
y abandonó este mundo
para fundirse en un abrazo con Helen Hanff
sobre su alfombra cubierta de cartas
y ejemplares de ediciones baratas.
Quizá el viejo John Dunsdale
tenga pensado desertar de estos anaqueles
donde, a pesar de la impresión del visitante,
cada palabra encaja en su justo lugar,
como fósiles en la carne de la tierra,
como los clavos en el ataúd de Jacob Marley.
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