jueves, 21 de enero de 2021

 

89,-Antonio Reseco

 

LIBRERÍA DE VIEJO

 

En los anaqueles

de la tienda de John Dunsdale

el color desabrido de lo inevitable

disfraza las manchas del tiempo.

 

Como en el osario de un cementerio,

el polvo protege el esplendor

que despreció la ignorancia.

No se olvida lo que no se supo.

 

Sin embargo, siempre hay visitantes

que acarician el lomo de algún libro

con la promiscua curiosidad del azar.

 

Imagino también al sabio Doel

hurgar en las estanterías del 84 de Charing Cross Road

para satisfacer los pedidos que Helen Hanff,

entre descarada y encantadora,

realizó durante lustros,  

o utilizar sus contactos en la industria

para conseguir lo imposible

que era, por supuesto, lo necesario.

 

A través de los ventanales,

arrancados de cuajo al ladrillo victoriano,

puede verse un gorrión jugar con las guijas del suelo.

La luz se antoja insuficiente

para identificar el nombre de los aquí desterrados.

 

El bueno de John Dunsdale, capaz

de contagiar su vida a tanto desapego,

sabe en lo más profundo de su ser

que esconderse no es morir,

tan sólo envejecer.

 

Imagino, sí, a Frank Doel

responder con educación británica

la correspondencia de Helen Hanff

que, a más de cinco mil kilómetros,

amaba Londres con la pasión

que sólo los libros pueden inculcar.

 

No es precisa la clasificación,

el destino es un orden válido.

 

Cruje el esqueleto de la tarima

como un despertador que previene

a la tinta perezosa de las dedicatorias.

El ambiente, húmedo y añejo, contrapone

en su metáfora de principio y fin,

el aroma de la piel del niño

al olor premonitorio de la piel del anciano.

 

A través de los ventanales

el capricho del invierno inglés

vacía las sombras sin escrúpulos

e invita a comprender 

que todos estos libros son más que huérfanos,

que todos estos libros

jamás fueron escritos por nadie.

 

Huérfanos quedaron también

en Marks & Co. Libreros

cuando se perforó el apéndice de Frank Doel

y abandonó este mundo

para fundirse en un abrazo con Helen Hanff

sobre su alfombra cubierta de cartas

 y ejemplares de ediciones baratas.

 

Quizá el viejo John Dunsdale

tenga pensado desertar de estos anaqueles

donde, a pesar de la impresión del visitante,

cada palabra encaja en su justo lugar,

como fósiles en la carne de la tierra,

como los clavos en el ataúd de Jacob Marley.

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