MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO
96,-Teresa Núñez González
Deja que venga el mar
Deja que venga el mar.
Que rompa los osarios donde los ojos mecen uvas y vientos,
y la carne se compre una apariencia de espinas, y de peces,
y de jacintos rojos.
Qué será la realidad de ese mar, que hoy nos pregunta el instante,
se detiene en la lengua como palabra usada
o descubre el motivo de las luces.
Qué extraña, profunda, armoniosa seguridad tiene el mar
cuando espera en los pies de los acantilados
a que lleguen los muertos.
Yo quisiera escribirlo en la página oculta de mi vientre,
en el espacio de las predicaciones,
en la mano cerrada sobre la sal del tiempo
donde un desconocido barco se subleva, gira y desobedece.
Allí, desde el estrépito sin retorno
posible,
hundiéndome azul, insomnemente tarde,
levantarse y huir. Caminar. Correr, correr a veces,
porque será la voz un fuego tibio de campanas.
Allí sembrar y desembrar la infancia como lucha irredenta,
acompañar el día con un papel en blanco.
Si, es un agotador camino
y ya no hay que soñar. El sol no arde.
La ropa no precisa de corrección ni ojal.
Abandonada, bebe
en los pantanales de la piel un halda negra.
La mano se difunde con la fatiga propia del espejo.
Las encías digieren un sobrenombre que ha dejado de ser
y sabemos que el agua puede parecerse a los violines.
Allí, desde ese cuerpo, ese túnel de sangre que nos busca,
ese espermatozoide ácido que de miedo,
¿no será la pureza un pacto de verdugos que encadene la noche?
¿No han de volver los navegantes con los pies mojados y el cráneo a la deriva?
Deja que el mar enfríe las cenizas,
barra los esqueletos de las algas, las huellas en la arena,
y derribe los muros, las alfombras.
Que el mar lleve el madero hasta la orilla.
Y si perduran la desnudez y los pájaros,
si todavía la luz tiene la espalda má delgada y transparente
que una copa de ron,
no esperes más.
Y canta.
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