107,-Juanma Velasco Centellas
SIN PELOS EN
LAS PIERNAS
Yo fui uno de esos niños que
memorizaban álbumes
y un miedo irreflexivo a contraer un cáncer de rodilla;
uno de esos niños curiosos y aprensivos
que multiplicaba por dos lo que no había,
y el deslizar de un padre que solo iba y venía.
Yo fui una de esos niños de colonia en el pelo,
sin atmosferas turbias ni desvanes prohibidos;
uno de tantos con los recuerdos sonrosados
que hizo de su timidez una banderola blanca
y de su bola del mundo una iliada de apertura.
Tuve mi bicicleta y mis castillos sin foso,
mis clics, sus escafandras y sus manos prensiles,
mis libros asombrosos de Los Cinco,
mis coches de arrastrados, mis tractores azules,
el sueño de un escalextric que no vino
y el juguete tardío de un hermano imprevisto.
Crecí con la inocencia de no tener un barrio con macarras,
con el vello de la hombría agazapado tras lo impúber,
un colegio de curas con sotanas sin vuelo,
donde el masculino era el único género visible
y los rezos una disciplina sin exceso de celo.
Era dueño de unas patas de alambre proclives a la burla;
además de verduras a la fuerza, devoraba palabras,
y átomos de enciclopedias traídas puerta a puerta;
desde su manoseo aprendí el color de los vientos,
el significado de isobara y de estilita,
y que llovía más fiero en los mares calientes.
Amaba a los mapas más que a las pelotas,
musitaba el rosario con cuentas de montañas y glaciales,
viajaba sin descanso a través de mis alas,
Baffin, la entonces Zanzíbar, Suazilandia
Rhodesia, Kamcharka, el cabo de Hornos,
Simbad el Marino desde un escritorio.
Fui adquiriendo la velocidad de un avestruz curioso
y la resistencia de los licaones cuando persiguen horizontes,
enjuto, casi eritreo, los músculos apenas vislumbrables,
unos ojos más verdes a cada solsticio de
miradas,
la apariencia de un niño con hechuras de más niño
destinado a mantenerse imberbe eternamente
mientras los otros se transformaban en chicos
con una antelación de reyes de instituto.
Acumulé refranes, atletas de cien metros,
letras de coplas desgarradas, ciclistas en activo;
aprendí a calcular sin dedos y sin bolis,
me doctoré en satélites de Júpiter, memoricé
a Neruda,
a Juan Ramón, a Lorca y, por si acaso, a Bécquer,
las chicas acampaban en las lunas de Urano,
debajo de sus faldas debían estar los mitos
de los que hablaban los más aventajados
pero yo no disponía de un manual de jeroglíficos
Y me ruborizaba sin dejar de lado al niño.
Un día, o en unos meses, amaneció el vello,
crecieron los apéndices dormidos,
manaron lo humores anunciados,
deposité mis clicks en la alfombra de mi hermano
y una tarde mustia, exploratoria,
debí de iniciarme en la destreza de mi mano
evocando a Deborah Harry con los ojillos idos.
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