jueves, 24 de diciembre de 2020

 

61,-Alberto García-Teresa

Se erige entonces su traqueteo de acero genocida,
su punzante amputación de trigos,
su vendaval de muelas bañadas en oro.

Se fosilizan los pilares del frío.

Se arrasan con sal los campos donde brotaba el amor,
donde respiraba la solidaridad; los hombros, los codos.
Se cubren las grietas con cemento y ametralladoras.
Se pudren las melodías desplegadas en los ojos.

Atended, niños que desayunáis cereales con bombardeos,
niños que cubrís con cadáveres vuestras golosinas,
que cultiváis una gruesa costra en los ojos mientras veis la televisión;
¿qué imágenes os esperan en vuestras pesadillas?

Aun así, en este caos de carbono y níquel,
se entreabre el canto de un abeto,
una hoguera de labios deseosos de rozarse, de acariciar
vientres y heridas donde posar semillas de proyectos.

En nuestras manos abiertas encontrarán refugio.
En nuestras sabanas de agua, una plataforma segura.
Y en el hueso del filo de la trinchera
hallarán el destino y el sepulcro de su dentadura.

 

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