MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO
228,-MERCEDES GARCÍA
El ciprés
En un viejo cementerio
de un pueblo, casi olvidado,
creció un ciprés inclinado
dando así la sensación
de querer de allí marcharse
en un alegre rincón.
Era la burla constante
de sus hermanos gemelos
y el ciprés, sin más anhelos
que escapar de aquel lugar,
en su empeño decidido
siguió creciendo torcido
dando su suerte al azar.
Descontentos sus hermanos
los cipreses más enhiestos,
decían, como pretexto
que era un árbol desleal
y el ciprés indiferente,
seguía huyendo valiente
de su asiento sepulcral.
Un día alcanzó la tapia
de aquel viejo cementerio
y el ciprés, con buen criterio,
en la gloria creyó estar,
al ver que tras ella había
unos niños que podían
libres y alegres jugar.
El ciprés quedó asombrado
de aquella sana alegría,
la risa, la algarabía
de los niños que al saltar
y correr a campo abierto
olvidaban que los muertos
jugaban a descansar.
Unas gotas de rocío
que brotaban de su fronda,
eran, de su pena honda
lágrimas de caridad,
al ver su tronco aferrado
a la tierra y atrapado,
carente de libertad.
Fue testigo permanente
de nuevas generaciones
con la ropa hecha girones
por sus ramas al trepar
y el contacto de los niños
le llenaba de un cariño
que jamás pudo olvidar.
Mientas él feliz estaba
sus hermanos tan altivos
crecían sin más motivos
que al cielo siempre mirar,
ignorando que en la tierra
-dejando a un lado la guerra-
hay mucho que disfrutar.
No entendían de otra cosa
los viejos cipreses rectos
que verticales y erectos
daban austera impresión
y esa su sombra alargada
no era sombra ni nada,
¡solo una espectral visión!
El tiempo dejó su herida
y aquel ciprés encorvado
en la tapia reclinado
un cierto día murió,
con su madera podrida
por el peso de la vida,
¡la vida fue quien lo hirió!
Vestido con su ropaje
de madera carcomida
y al emprender su partida
con tan funerario aliño
se oyó decir al ciprés:
¡quien pudiera tener pies
para jugar como un niño!
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