lunes, 21 de junio de 2021

MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO

238,-NURIA RUIZ CASTELL

La cruz de la raya

                      Monólogos de una madre y un hijo drogadicto

-Madre,
¿por qué me impregnaste de universos infinitos
y llenaste mi niñez
de mundos de fantástica inocencia?

¿Dónde está el hada bondadosa,
las maravillosas alicias, los gnomos, los duendes,
los genios de los deseos?

En esta realidad que transgrede
los límites de lo divino,
juventud de cuerpos sudorosos,
de labios enterrados, en lo humano,
yo, madre… lloro.

Y lloro resquebrajándome
en un canto de melancolía y desesperanza.
Mis brazos se aferran
a tu cuerpo y tu regazo, madre.

Busco tus caricias por las aceras
y solo encuentro ojos que miran a ninguna parte.

Envuélveme en tu sombra,
llévame al país de Nunca-jamás,
devuélveme a la esperanza eterna, madre.
Explícame esta farsa con un cuento de final feliz.

Enséñame a sobrellevar
esta agonía que me invade;
quiero abandonar este pozo sin fondo
lleno de títeres sin cabeza.

Sumérgeme en los goces infantiles
con aquellas historias sin malicia;
¡que su canto no termine nunca!
Páginas infinitas, puntos suspensivos
luces abiertas a la imaginación,
caminos que te llevan a cualquier lugar.

Los miedos, los temores,
la cruz de la raya,
la triste soledad en compañía,
un punto insignificante
en un cosmos que no comprendo
donde Pegaso olvidó su destino.

Porque me siento solo, madre,
en esta ciudad desquiciada
repleta de almas que deambulan
hacia un destino incierto.

Pero
¿por qué no me respondes?

-Tú, mi más tierna y dulce compañía.
Quisiera tenerte todavía
entre mis manos abrazado
como cuando te besaba al llegar la noche.

Mis cuentos inventados,
nuestros sueños juntos,
la vida que recreaba para ti
de esperanza y fantasía.

Y ante tu llanto me arrodillo
y te pido que no renuncies,
que no te dejes morir por la senda del olvido.
Que recobres tu memoria
de esos días inolvidables,
de esos cuentos ya marchitos
y mudes tu hastío por templanza.

Recobra tu risa y su pureza,
contempla sin temor
el dulce silencio de las estrellas.

Escapa de la niebla que invade
tu quehacer cotidiano
y déjate llevar por la alfombra mágica
de tantos y tantos aladinos olvidados.

 Atrévete, y vuelve a creer
que todavía quedan almas que no están vacías.

Mira hacia el mar desde la playa
y entre el batir de las olas
oirás suaves sirenas que cantan
una canción hechicera para ti.

Y sobre todo, mi niño, juega… ¡Juega!
Pero ahora,
al estúpido juego de los mayores.

 

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