MIS 365 POETAS DE TODO UN AÑO
226,-REMEDIOS ZAFRA ALCARAZ
Espacios magenta
Entre la
palpitación de una virtualidad de verdor intenso
y la realidad de las sombras que proyecta la marea,
la distancia y el albor de una estrella muerta, un intervalo,
el vagar de la extremidad fantasma de un cuerpo mutilado,
equilibrista del aire, saltimbanqui que avanza
por la cuerda que no existe o que está… tan lejos.
Aquí, la vida es un albor y en él esperas.
Sumergida en un mar que respira estático, paciente
(tal vez un código equivocado en el paisaje).
esperas (tu cuerpo desnudo) a que el agua fragüe
contigo dentro. Compacto y denso, por unos minutos
tu cuerpo entregado a ninguna fisura ¿por qué dudar?
Esperas. Sabes que nada llega durante el día (…)
ningún anuncio entre las gaviotas azules de Solaris.
Tú esperas, esperas, esperas (para no morirte)
una intuición escrita en un horizonte desintegrado,
un cuello de botella rota sin papel, un pez tatuado,
un camino de aire bajo el mar, un mensaje cifrado
en el ritual de las olas, si no ¿por qué respiras?
En el intervalo observas y desde ese territorio fronterizo
donde te deslizas el mundo se hace cruelmente seductor,
cálido y frío, desnudo y erecto de sentimientos, engarce
entre cuerpo y ojo. En un intervalo esperas y donde quiera
que te enfrentes a otro rostro en él aguardarás una señal,
la rúbrica que rompe el vacio insalvable
de este silencio,
la monotonía de la marea, el reloj fúnebre de la repetición.
A veces sobre la arena lanzas enérgica los dados
y esperas. Debates tu mirada entre la niña,
la puta y la anciana,
para en sus ojos orientarte a un callejón sin salida, magenta,
(el espejismo de un paisaje urbano) donde solo esperas.
A veces en la playa malva de este otoño el tiempo te secuestra.
Un lazo de lluvia en el cuello, un convaleciente susurro,
un cosquilleo mantenido, lánguido y enérgico,
una vibración caliente más hermosa cuanto que viene del frío.
Solo a veces, en la playa violácea de este otoño se oye
el eco intermitente, mantenido, de un pájaro de otras lindes.
Aparece como un fantasma de ojos duros y secos, sin párpados,
condenado a no soñar, forzado a ver todo el tiempo,
como si creyera que su espera es infinita,
como si supiera de la eternidad de su cuerpo imaginado,
que no se reproduce, que resucita.
Y de nuevo esperas, cansada y con el alma arrugada.
Esperas a que la noche te traiga un verbo invisible,
un verbo donde lo vivido y lo soñado te sobrevuelen.
Nada llega durante la noche pero mantienes un sabor
a cambio en la boca, un deseo incontrolable a pasear
entre el valle y el acantilado, de nadar entre la playa
y el comienzo del mar profundo, de estar en el cielo
y visitar el infierno. No hay señales y solo deseas,
quieta, sumergida en un mar que respira extático.
Esperas (tu cuerpo desnudo) a que el agua se lleve
tus dados, a que la marea disuelva por unos minutos
tu cuerpo concreto repleto de fisuras. Esperas.
Sabes que nada llega durante el día (…)
ningún anuncio entre las gaviotas violetas.
Tú esperas, esperas, esperas (para no morirte).
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